Sentir Uncharted

Hace tan solo unos días que terminé Uncharted 3: La traición de Drake y, sin entrar en valoraciones profundas solo puedo decir que no decepciona. Puede que, a priori, este no sea el análisis que busquen aquellos que aun están dudando entre si comprarlo o no, pero les diré que el hecho de que la secuela de uno de los mejores juegos de esta generación y, en mi opinión, una de las mayores y más intensas aventuras que existen, rebasando incluso el ámbito de los videojuegos como es Uncharted 2: El reino de los ladrones, el que no decepcione ya lo convierte en algo muy grande.

Como digo, no es mi intención hacer un análisis del juego con una nota altísima, ni hablar de sus virtudes técnicas, de su apabullante banda sonora o del genial diseño de personajes, eso es algo que cualquiera puede ver por sí mismo en los vídeos que circulan en Internet. No hablaré de su guión y de sus líneas de diálogo, divertidas a veces, emocionantes otras. Tampoco quiero hacer una retrospectiva de los tres títulos ni embarcarme en sesudas digresiones acerca de cómo se aplican los estadios de “el camino del héroe” o lo curiosamente bien integrada que está la tradición del cuento de hadas en un argumento que es puro pulp. Solo me apetece hablar de sensaciones.

Sí, ya me pasó con las anteriores entregas y me sigue pasando aquí, puede que incluso de forma mucho más vívida. Para mi es un absoluto misterio cómo los chicos de Naughty Dog consiguen transmitirme los olores del musgo en el bosque, de la madera vieja de una mansión o del óxido mezclado con el yodo del agua del mar. No puedo comprender cómo hacen para que pueda sentir la grava en las suelas de los zapatos, la ropa mojada pegada a la piel o el frío en las puntas de los dedos al colgar de una piedra al borde de un precipicio. Escapa a mi entendimiento cómo crean el mecanismo que hace que se me seque la boca en el desierto y sienta el calor abrasador o que note cómo los músculos del protagonista se relajan al tumbarse de agotamiento tras un momento épico.

No lo sé, ni me importa, la verdad, solo sé que la experiencia que supone para mi jugar “Uncharted” va mucho más allá de la diversión pura y dura. Consigue algo que no consiguen controladores “kinéticos”, ni 3Deses, ni el fotorealismo: me hace sentir. Y nunca tengo bastante.

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